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Misa de primer Viernes de Mes presidida por el Padre Francisco Recabarren V., ordenado sacerdote en julio pasado

El viernes 6 de septiembre presidió la misa de primer viernes de mes el Padre de la Hermandad de HNSSC Francisco Recabarren V., exalumno del colegio egresado el año 2011, ordenado sacerdote en Toledo, España, el pasado 7 de julio.

Además del  primer viernes, se celebró una Misa Solemne de Acción de Gracias en honor a la Virgen María, por ser la primera misa del Padre Francisco con todo el colegio.

Concelebraron la eucaristía los padres de la Hermandad; Javier Jaurrieta J., Antonio Ganuza C., Esteban Medina M. y Josep Vives G. y acompañaron los acólitos del colegio y tres exalumnos seminaristas que visitan Chile en sus vacaciones: Esteban López L., Felipe Vergara V. y Agustín Recabarren V.

 

“Vuelvo a mi casa, donde recibí la fe.

¿Y por qué me siento como en mi casa? Porque aquí se me dio el amor de mi vida.

Hace unos días me tocó dar un testimonio, y una niña de 6° Básico me preguntó: “¿Y a ti, te gusta alguien?”. Yo mirándola le dije: “Sí, yo tengo un gran amor en mi vida: el Corazón de Jesús”. El Corazón de Jesús se me reveló en mi casa; primero en mi casa en mi familia, luego en mi casa en el colegio. Por eso tengo que dar muchas gracias a Dios y por eso me da tanta alegría estar aquí hoy día con todos ustedes.

(…)Cuando yo tenía entre 6 y 7 años vino el Nuncio del Papa al colegio. Era un gran acontecimiento, es como que hubiera venido el Papa pero en su representante. Estábamos todos muy atentos para ver qué decía el Nuncio, qué nos decía a nosotros, alumnos del Colegio San Francisco de Asís. Y me acuerdo que contó una historia (…). Nos dijo que cuando era muy pequeño, más o menos a la edad que yo tenía, caminaba todos los días al oratorio de su colegio y se ponía delante del Señor ofreciéndole su día. Y él decía: “¿Y qué aconteció? Nada”. Y al día siguiente lo mismo: “¿Y qué aconteció? Nada”. Así estuvo el Nuncio cerca de cinco minutos contándonos que no había acontecido nada cuando una y otra vez iba al oratorio a ver a Jesús y a ofrecerle su día. “Hasta que un día el Señor me abrazó, con una ternura y una luz infinita, y ahí resolví en mi corazón entregarle toda la vida a Dios”.

Esta historia del Nuncio es mi historia en el colegio, más o menos. Cuando escuché esto yo me dije que tenía que ir una y otra vez al oratorio, subir por esa escalera de cemento. Y yo subía, y me ponía ahí pensando que algún día el Señor me iluminaría. Sin embargo al tercer día ya no volví a ir.

Y fui creciendo. Y en el colegio y en mi casa se me enseñaba lo que decía hoy en el evangelio; que “ha venido el Novio”, que “el Novio te está buscando”. Que Cristo es Dios que ha venido a la tierra a buscar a los hombres. Que Cristo es el fundador de una nueva vida, “a vino nuevo, odres nuevos”. Pero yo no escuchaba.

Cuando yo tenía 11 años se murió mi padre. A los 13 años yo escuchaba pero no acababa de resolverme. ¿Y por qué no acababa de entregarle mi vida como el Nuncio al Señor? ¿Al novio que viene a buscarme? Tenía miedo, tenía mucho miedo. Pensaba: “Si le entrego mi vida al Señor tengo que dejar muchas otras cosas, tengo que dejarlo todo y seguirlo”. Yo lo escuchaba de lejos, porque acercarme a Él significa darlo todo. Significa perder amigos, significa que algunos amigos se rían de mí, significa que tenía que tener una vida más ordenada, más austera. Y no podía. Tenía miedo.

Me acuerdo que entraba a este mismo comedor a las misas de primer viernes (…) y a mí me daba pavor.

En esos días me resolví a ir a unos ejercicios espirituales. Si les digo que me iba al Amazonas, con un machete y solo era más fácil que irme a los ejercicios Espirituales. Eran cinco días en silencio delante del Señor. Y resulta que ese miedo en mi corazón se había convertido en tristeza. Tristeza por no entregarle a nada ni a nadie mi vida entera. Y necesitaba ese Amor que funda la vida, ese Amor del que me hablaban en el colegio. Entonces me fui a los ejercicios espirituales y ahí el Señor me dijo una sola gran palabra, que desde ahí nunca la podré olvidar. Me dijo “Francisco, te quiero”. No me lo dijo con palabras, pero me dijo “Francisco, te quiero, como eres.  Y mi amor puede fundar verdaderamente toda tu vida, mi amor inconmovible y fiel. Mi amor pasa de un extremo a otro, mi amor no tiene límites”. Mi corazón sintió en ese momento un sentimiento muy bonito, sintió la necesidad de querer. Verdaderamente mi corazón deseaba este Amor, deseaba a Dios, anhelaba unirme a Él, estar con Él, fundar mi vida en este Amor. Y ahí ya no pude decir que no.

Y así como había ido de pequeño a la capilla a ofrecerle mi vida al Señor, fui ya de mayor, después de mucho tiempo de miedo, a decirle al Señor “aquí tienes mi vida, haz con ella lo que quieras. Si quieres mandarme al Amazonas, mándame al Amazonas; si quieres mandarme a España, mándame a España. Haz conmigo lo que quieras”.  Y mi corazón sintió una tal paz, una tal alegría y una tal felicidad que no la puedo ni decir. Y mi corazón empezó a escuchar de verdad todo aquello que me decían en el colegio y en mi casa. Que hay un amor y una verdad infinita e inconmovible, que me ama y que me quiere.

Y esa es la única palabra que he venido a decirles hoy día a ustedes: funden su vida en este amor y no tengan miedo de entregarle todo a este amor. No tengan miedo de vivir este amor siempre, no solo de lunes a viernes en el colegio o en la casa, sino que también el viernes, el sábado y el domingo, porque realmente este amor les dará una alegría, una fidelidad, un deseo de lo eterno, que es impagable.

Por eso yo hoy día tengo que venir a dar gracias. A darle gracias a mi colegio porque se atrevieron a decirme la verdad, se atrevieron a verdaderamente a ser testigos de esta verdad. Contra viento y marea, contra miles de dificultades, quisieron ser testigos de que el Señor es verdaderamente nuestro novio y nuestro amigo.

“Nadie fue capaz de decirnos una verdad” dice una canción de Sui Generis; en el mundo, fuera de la iglesia, fuera de este hogar, no se dice una verdad sobre la que uno pueda fundar su vida. Por eso es que tenemos que estar muy agradecidos con aquellos que nos hablan de esta verdad, sobre la que podemos fundar verdaderamente nuestra vida.

Por eso yo quiero agradecer a las profesoras, a los profesores, a los auxiliares, a los directores, a la Hermandad, que en este colegio simplemente y sencillamente predican un amor; andan como San Francisco de Asís que iba loco por las calles diciendo “el amor no es amado”. Hay una verdad que no es simplemente una teoría, sino que es una persona viva, que te quiere, que se llama Jesucristo y que está dispuesto a derramar su sangre por ti y por mí.

Por eso verdaderamente gracias, porque si no fuera por este testimonio yo hoy día no conocería este amor eterno. Y les digo a los pequeños y especialmente a los mayores, que ya están por salir del nicho: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor”. Ojalá escuchen la voz de la Madre María, a quién se consagrarán o ya se han consagrado. Ojalá escuchen su voz y no cierren el corazón como yo hice tanto tiempo.

No tengan miedo. Porque una vez que salgan les preguntarán: “¿Dónde está tu Dios? ¿Dónde está ese Señor que dices?”. Y si no te lo has encontrado, si no lo has mirado en el corazón de Jesús no podrás dar testimonio de esta verdad como lo han hecho conmigo. El mundo está anhelando, como anhelaba yo, como anhelas tú, esta verdad que Cristo se quiere poner en tus labios.

¿Dónde está tu Dios?, te preguntarán. Ojalá que la Virgen en tu corazón ponga esta palabra preciosa:  Dios está en el corazón de Cristo amando a los hombres hasta derramar su sangre”.

(De la homilía del Padre Francisco Recabarren V.)

 

Al terminar la misa, se llevó a cabo el tradicional Besamanos. “Las manos del sacerdote son manos consagradas que nos perdonan, que hacen la eucaristía, que nos bendicen. Al besar las manos del sacerdote estamos besando a Jesús, a Dios hecho hombre, que está actuando en la persona de Cristo a través del padre Francisco. Y hay indulgencia para el que en esta primera misa solemne, haga este rito del besamanos al realizarlo en las condiciones habituales de rezar por el Papa y confesarse dos días antes o después de esta misa”.

 

Durante el Besamanos acompañaron a Francisco sus papás y su hermano Agustín, seminarista de la Hermandad, y entregaron un recordatorio a los que besábamos las manos del sacerdotes para acordarnos siempre de rezar por Él.

Encomendemos al padre Francisco para que sea un santo sacerdote y ayude a muchos a llegar al cielo.

 

Después de la misa, los sacerdotes y la familia Recabarren Vial fueron invitados a un desayuno para celebrar este precioso acontecimiento.

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